Ana Griott, Elvira Novell y Sonia Oliveira conversan con Marina Navarro*.

MarinaNavarro

 

¿Cómo y cuándo aparece el Festival “Un Madrid de Cuento”?

El Festival Un Madrid de Cuento surge en 1994  con el formato con el que se desarrollará durante años en paralelo a otras iniciativas que se llevaban a cabo en bibliotecas. Son programas que surgen porque hay un cambio en la educación y especialmente en la educación infantil, porque se considera que los niños de 0 a 6 años viven una etapa fundamental para su evolución futura y no necesitan “guarderías” sino una educación reglada. Como fruto del auge la psicología evolutiva en los años 70 y 80, se considera que el niño aprende desde que nace.

Al hilo de estos cambios surgen las campañas que hacemos con escuelas y familias con niños menores de seis años para que conozcan la biblioteca, conozcan los libros y vengan con sus padres, y se empieza a contar cuentos en las bibliotecas de la Comunidad de Madrid. En ese momento, muchas bibliotecarias habíamos aprendido que en el norte de Europa había tradiciones como “la hora del cuento” y valorábamos mucho la narración en bibliotecas.    

Un poco antes, algunos grupos de narradores habían comenzado a hacer sesiones de cuentos en pubs y en cafés; algunos de estos narradores, como Magdalena Labarga, contaban también en bibliotecas. Magdalena y yo empezamos a hablar sobre la posibilidad de consolidar una programación regular de narración en las bibliotecas y de crear un festival para que los narradores fueran visibles. Al principio fue más bien una muestra de narradores, que atraía a su público a este espacio, en el que se contaban historias, historias que merecían ser escuchadas. 

En Madrid, la narración en bibliotecas ya tenía un antecedente en los años sesenta, cuando las escritoras Montserrat del Amo y Montserrat Sartó contaban cuentos como instrumento de animación a la lectura, en una vertiente muy diferente a la actual, porque ellas eran de una Comisión Católica Española para la Infancia que nacía de la Biblioteca Nacional. Eran otros tiempos; los niños venían a la biblioteca en su tiempo libre. Por las tardes, en los años sesenta, setenta y ochenta, las bibliotecas estaban llenas de niños y niñas a partir de seis años, porque no se pensaba en los menores de esa edad, hasta que se produjo su incorporación a la educación reglada desde los tres años. 

¿Cómo eran las bibliotecas antes de los noventa?

Los niños venían solos. Yo me acuerdo de un niño que tenía seis años y que se asomó a la puerta de la biblioteca de Moratalaz a finales de los setenta preguntado qué era eso y le dije “Pasa, pasa, pasa”. Y el niño descubrió qué era una biblioteca; casi no sabía leer ni escribir, y entonces conoció nuestros clubs de lectura para niños, que en esa época llamábamos “círculos de lectores”. 

Estas actividades de lectura comunitaria y otras experiencias habían surgido impulsadas por bibliotecarias, maestras y maestros de los movimientos de renovación pedagógica, a través de asociaciones como Acción Educativa, en Madrid, o Rosa Sensat, en Cataluña. Paralelamente, tras la muerte de Franco, se comenzaron a traducir libros que hasta entonces no conocíamos, como Rosa Caramelo y otras obras de Adela Turin, que se publicarían en la editorial Lumen, en la colección “A favor de las niñas”, como Gramática de la fantasía, de Gianni Rodari,  y más adelante los libros de Roald Dahl y otros muchos... 

Rodari, Adela Turin y otros escritores que renovaron la literatura para niñas y niños habían surgido gracias al fuerte movimiento de renovación pedagógica de los años 68 y siguientes en Milán y Bolonia. Ellos comienzan a considerar que el arte también puede ser para niños. La ilustración de los libros infantiles comienza a ser valorada como un arte. Los movimientos de renovación tenían que ver con la educación pero también con cultura y con las bibliotecas. La escuela y los escolares comenzaron a considerarse lectores que podían ir a las bibliotecas a leer y a escuchar cuentos. 

Este ambiente de renovación educativa y cultural hará posible que los narradores y los cuentos estén más presentes en las bibliotecas y surja Un Madrid de Cuento. Es el momento en que aparecen por las bibliotecas gente de Acción Educativa que trabajaba principalmente en escuelas y formación de profesores, como Federico Martín, o Ana Pelegrín, junto a narradores como Cëbel, que ya contaba y hacía teatro de sombras en bibliotecas y pronto se integró en la corriente de Narración Oral Escénica para adultos que comenzó a actuar en pubs y espacios escénicos. En los 70 y en los primeros 80 surge también en Madrid el teatro independiente y contestatario,  que en una primera época se hacía en algunas iglesias y colegios mayores. Se abre la Sala Cadarso, antecedente de la sala Olimpia, se saca el teatro a la calle, a las plazas, al Parque del Retiro, a los pubs y cafés… Esto también favorecerá el auge de los narradores en espacios nuevos. 

En una sociedad que se transforma, cambia también el concepto y el objetivo de las bibliotecas. En lugar de limitarse a la conservación de los libros, comienzan a ser concebidas como centros culturales abiertos al disfrute de todas las edades. Y junto a los cuentos, había campañas de lectura, concursos de creación literaria, un periódico de niños y niñas…

¿Cómo fueron los primeros años del Festival?

En las primeras ediciones era más bien una Muestra de narradores de Madrid, que duraba unas tres semanas y contábamos con pubs y con bibliotecas, cuyas bibliotecarias valoraban la narración y estaban dispuestas a apoyar el festival. Las bibliotecas y la red pública eran más pequeñas, no había muchas que tuvieran condiciones para a la narración, así que las sesiones se concentraban principalmente en la Biblioteca Central. Siempre se hizo en otoño, en noviembre, que nos parecía un momento estupendo, más relajado, sin las tensiones del comienzo de curso o las Navidades.  

Se nos ocurrió invitar cada año a una ilustradora o un ilustrador para que colaborara con el diseño de una imagen distinta del cartel y el folleto del festival. El primer diseño lo hizo el narrador Cëbel, y luego continuaron, año a año, Rocío Martínez, Teresa Novoa, Paz Rodero…Miguel Angel Pacheco, Pablo Auladell, entre otros. Conseguimos también la ayuda de editoriales para la impresión de los carteles, programas, marca páginas… las primeras en colaborar fueron Alfaguara, SM, Edelvives, Bruño, Espasa-Calpe... En esos primeros años, la ilustración e impresión la pagaba alguna editorial, pero más adelante lo hicimos con nuestros propios medios. 

Con el tiempo nos planteamos que el festival y los cuentos debían salir además a otros espacios, por ejemplo a los hospitales infantiles y de adultos, donde son muy necesarios y han sido muy apreciados. También se incorporaron al festival algunos escenarios teatrales, residencias de ancianos, infantiles, centros culturales como el Instituto Francés y otros. Llegó un momento en el que la narración oral era muy conocida y teníamos además una regularidad en el festival y en la programación habitual de los cuentacuentos. 

¿Cuándo empieza la programación regular de cuentos en las bibliotecas? ¿Qué lugar le dais a la tradición oral?

En los noventa aún no había sesiones de cuentos regularmente en bibliotecas. Se hacían más de una vez al año, pero queríamos que se hiciese en todas las bibliotecas y que fuese habitual. Nos ayudó mucho el auge de la narración como arte escénico, que se produjo de la mano de Francisco Garzón Céspedes,  sus talleres y publicaciones. En ese momento se comienza a considerar que se puede ocupar un escenario para contar cuentos y con diversas técnicas expresivas y teatrales, no solo sentado en una silla. Esta conquista del escenario por los narradores no es casual, forma parte de esas corrientes de renovación que he citado.

Todos estos avances culturales confluyen también en el diseño y la reforma de los edificios de las bibliotecas. Las nuevas bibliotecas fueron hechas como edificios independientes, ya no como un complemento de otros servicios. Hubo un Plan Regional de Bibliotecas (1ªfase,1988) que contemplaba la elaboración de una red de bibliotecas para los distritos, cuyo diseño contemplaba las actividades culturales que se planteaban como servicios para el público: salones de actos, espacios adaptados para niños pequeños, mobiliario especial, espacios para talleres y exposiciones… En fin, se trataba de que la biblioteca fuese un lugar dinámico. 

El Madrid de Cuento continuó porque nos pareció muy importante que en un momento determinado del año se diesen a conocer más narradores con otras formas de contar en diferentes espacios, y llegó también un momento en el que hubo programación regular de cuentos en todas las bibliotecas durante todo el año. Y con los años se consiguió que los narradores fueran muy conocidos: se conocían tanto en las bibliotecas como en los centros educativos, que fue otro de los lugares donde creció la narración oral de una manera espectacular. 

En los años 60 y 70, la tradición oral está viva, la televisión aún no invade la vida familiar y social; en las casas se cuentan historias; todavía los pueblos no se han vaciado y allí también se cuenta. En los años 80 y 90, los investigadores van a los pueblos a recoger historias, a documentar la tradición oral. La Fundación Menéndez Pidal expande su labor de recogida de romances, que había comenzado Ramón Menéndez Pidal muchos años antes. Carmen Bravo Villasante durante años recogió material folclórico y la propia Ana Pelegrín hace una gran labor de recopilación, sobre todo del folclor infantil. También Antonio Rodríguez Almodóvar publica sus recopilaciones de cuentos tradicionales. Y esto también favorece a que los cuentos de tradición oral  se instalen en los espacios públicos que son las bibliotecas. 

¿Y cómo organizabais ese Madrid de Cuento que acababa de nacer?

De la organización nos encargábamos una narradora y yo. Desde el comienzo, cada año hacíamos una reunión con narradores, narradoras y algunas bibliotecarias en la que surgían las ideas para el contenido del festival... A partir del año 2000, el Madrid de Cuento comenzó a tener un lema, que era un eje en torno al cual muchos de los participantes elegían las historias que contarían, y que era también el motivo de la fiesta de inauguración. Ese lema y eje servía también para los carteles, los programas y toda la difusión del festival. En su inauguración contábamos con la mayoría de los narradores invitados, que contaban cuentos en torno al lema elegido. 

A mediados de los 2000, la narración oral se había expandido y había muchos narradores nuevos que no conocíamos, formados en escuelas y talleres y creamos una sección del festival para que esos narradores noveles contasen y mostrasen su arte. Algunos fueron incorporados a las programaciones de las bibliotecas. También creamos encuentros teóricos que se llamaban “Reflexiones sobre Narración Oral”, que se ocuparon del movimiento de narración oral en otros países, de la formación de asociaciones de narradores y de otros temas, como en una de las ediciones que discutimos sobre narración y filosofía, cuando vino Inno Sorsy, gracias a su trabajo con “cuentos que plantean un dilema”. 

¿De dónde eran los narradores que participaban?

Al principio, los narradores eran habitantes de Madrid, y como no había presupuesto para esta actividad, contaban voluntariamente. Poco a poco se fue creando la necesidad de que hubiese cuentos en las bibliotecas y de que se destinaran fondos para esta nueva necesidad, para el Madrid de Cuento y para las programaciones estables. Y entonces empezaron a venir narradores de otros lugares, de toda España (Quico Cadaval, Pep Durán o Estrella Ortiz…) y de distintos países (Michèle Nguyen, Carolina Rueda…). Nos interesaba que el público conociera diversas formas de narrar. 

También trabajamos para crear y cuidar el contexto de la narración. Hicimos unas “instrucciones para contar y escuchar cuentos”, en las que intervinieron niños, padres, bibliotecarias, narradoras. Hicimos bibliografías, guías de lectura, exposiciones didácticas, exposiciones gráficas. En la última edición de Un Madrid de Cuento ha habido tres exposiciones paralelas, de tres artistas que ilustran los cuentos que han publicado tres narradores. En este marco, Ana Cristina Herreros (Ana Griott) ha hecho sesiones con un ilustrador (Jesús Gabán) que pintaba a los personajes mientras ella contaba las historias.

Hicimos una exposición hace años que se llamaba “Otras formas de contar” y entre esas otras formas de contar estaba la ilustración. Aunque en la narración oral cada persona imagina lo que le quiere mientras el narrador cuenta, cuando hay un ilustrador a la vez, lo que imagina el ilustrador aparece también en el escenario. 

En el año 2005, pensamos que teníamos que cambiar el objetivo de Un Madrid de Cuento porque todo el mundo ya conocía a la mayoría de los narradores, a quiénes contaban y cómo contaban. Nos pareció que teníamos que “dar un giro” a la muestra para que fuese un festival y diera a conocer otras personas y otras formas de contar, y atrajera a otros públicos que no iban habitualmente a las bibliotecas. Por una parte, decidimos que los narradores que participasen en el festival no deberían haberlo hecho en ediciones anteriores, por un lado. Por otra, como he dicho antes, abrimos un espacio para la gente que empezaba a contar. También había, al mismo tiempo, muchos narradores orales que escribían sus propios cuentos, entonces hubo también un espacio que se llamó “Narradores que escriben, escritores que narran”. 

En la nueva etapa no teníamos presupuesto para financiar tres semanas y redujimos el programa a dos. Los sitios de narración aumentaron hasta ochenta espacios. Como participaban bibliotecas de municipios y Madrid es muy grande, comenzamos también a organizar encuentros y comidas  para que los narradores y las narradoras se pudieran encontrar y conocer. Todo esto, en muchos casos gracias a los narradores madrileños, que acogían a otros colegas en sus casas. Los narradores de Madrid han estado siempre presentes en el festival,  no solo como cuentacuentos, sino también como apoyo logístico.

Una de las experiencias más ricas del festival ha sido la presencia en 2009 y 2010 del artista El Chojin. Es un rapero alucinante, con una facilidad de palabra y de creación extraordinarias, y además tiene una capacidad de trabajar en grupo con la gente de lo mejor que yo he visto en mi vida. Fue a contar con los adolescentes institucionalizados y estaban como locos porque hubiera ido a su residencia a contar. Estuvo también en la inauguración del festival e invitamos a una clase de instituto. En la Biblioteca de  Pedro Salinas, El Chojin hizo un taller con los chavales invitados en el que componía un rap sobre su historia y  después puso a las chicas y chicos en círculo y empezaron ellos. En este grupo había veintitantos adolescentes. Fueron allí así como “Bueno, ya veremos”, pero atraídos por el rapero. Él trabajó con ellos directamente, no con quienes estábamos alrededor, cosa que hace mucha gente, sino que trabajaba mirando a los ojos a los chavales y proponiéndoles “Ahora vamos a crear nosotros nuestra historia”. Explicó cómo se hacía una frase, cómo se hacía un verso, qué era un verso, cómo se hace una canción, cómo se hace un poema, qué era una composición... y las profesoras de lengua estaban alucinadas. “Bueno, es que ellos jamás han prestado atención a este tipo de cosas”, decían. Y a partir de ahí los chavales compusieron sus historias y al final de la sesión fueron capaces de cantar a todos los que estábamos allí el rap que habían compuesto con El Chojin. 

¿De dónde provenía el dinero para el Festival?

De la Comunidad de Madrid, principalmente, porque las editoriales no incrementaron sus aportaciones.

Más tarde comenzaron a participar las bibliotecas del ayuntamiento de Madrid, las de los municipios de la Comunidad de Madrid, la Biblioteca Nacional, la Universidad, los institutos... Fueron sumándose por primera vez centros culturales como el Instituto Francés, el Instituto Italiano, la Casa Sefarad, la Biblioteca Islámica, Casa África..., librerías. Y algunas  bibliotecas, por supuesto, como la Biblioteca Regional de Madrid, donde se solía hacer el encuentro teórico. Y además este festival incluía las campañas que hacíamos en bibliotecas, por ejemplo “Los pequeños en bibliotecas”, pues había una parte de los invitados al festival que iba a contar a los pequeños que acudían a este programa; o a los institutos también. Las residencias infantiles también participaban, que para nosotros fue algo muy importante y muy emocionante, porque íbamos a contar al lugar donde vivían. 

¿Por qué dejó de hacerse en 2011-2012 y se recupera en marzo de 2013?

En 2011 hubo una bajada de presupuesto considerable, y tuvimos que optar: o mantener la programación regular de las bibliotecas o hacer el festival, no conseguimos tampoco patrocinador que apostara por este gasto y, de nuevo en 2012, no había suficiente dinero. Dejó de hacerse en estos años por falta de presupuesto. La crisis empezó a notarse en 2008-2009, pero en 2011-2012 se notó mucho. Hubo otro año en que se decidió que no se hacía. Y fue porque se unieron dos consejerías, Hacienda y Economía, en julio del año 2008, y en ese momento no hubo seguridad de que en noviembre se pudiera pagar todo lo proyectado. Empezábamos a organizar el festival en junio para que se celebrara en noviembre. Había ochenta y tantas sedes, y necesitábamos tiempo para organizarlo todo y la seguridad de poder afrontar los gastos que íbamos a realizar. 

Y se recupera en el año 2013, en marzo porque es mucho más fácil, sabíamos que aún no se ha gastado todo el presupuesto del año.  En ese momento no coincide con ninguna otra fecha especial, llega la primavera y unimos fuerzas para celebrar el Día Internacional de la Narración Oral

¿Y la nueva generación de narradores que se están incorporando?

En cada edición se ha incorporado algún narrador o narradora nuevos, y eso es fundamental. Este año tuvimos varios y son apasionados, sobre todo, y cuentan con objetos, son músicos, o cantantes, es decir, entre la gente que se incorpora ahora a los cuentos utilizan muy diversas herramientas, pero claro, entre quienes quieren contar hay personas que piensan que los elementos son fundamentales, elementos materiales para contar, y es muy difícil contar incorporando esos elementos materiales a la narración: hay personas que tienen objetos, títeres, hacen malabares, magia, todo ello añade muchos lenguajes, pero el problema es integrarlos en el arte de contar cuentos. Es una forma diferente de contar con objetos que sin ellos. 

Hay más gente que quiere participar en espectáculos y no es posible, porque el arte de contar cuentos requiere años de trabajo constante Cuando parece que es tan fácil narrar historias suele ser porque esa persona lleva mucho tiempo depurando la forma de contar. También los mayores pueden aprender y seleccionar su propia manera de contar; este año hemos invitado al colectivo canario Labrantes de la Palabra, que han tenido un encuentro con ancianas y ancianos del espacio “Los mayores también cuentan”,  personas de la tercera edad que se incorporan a contar cuentos, y también esto exige un trabajo potentísimo, no solo se trabaja con la memoria sino con el resto de los elementos narrativos. Y es una gente que se ha incorporado a la narración, con otra forma de contar. Todo lo que sea contar, hablar, charlar, estar en grupo y seguir comentando y teniendo relación es fundamental para explorar nuevas formas narrativas.

¿Y el nuevo público?

Por suerte, tenemos ahora mismo en las bibliotecas un público aficionado a los cuentos. Algunos de estos aficionados fueron los que participaron en la elaboración de esas “Instrucciones para escuchar cuentos”. Entonces, los niños decían: “¿Pero cómo es posible que alguien hable mientras tanto?, ¡no se da cuenta de que no podemos escuchar!”. Y hay personas que han pasado de ser público a ser narradores. Y todos son grandes lectores,  amantes de los cuentos. Han salido de las bibliotecas para ir a otros lugares, porque aquí la programación para adultos es mucho menor por los espacios, por la hora, por muchos motivos... y sin embargo hay gente que va a escuchar cuentos a los pubs, a los cafés... adonde quiera que haya. Y nos hemos hecho amigos y amigas porque nos vamos encontrando en muchos sitios y hemos establecido unas redes de amistad con los cuentos, las historias... 

Gente que nos vamos encontrando en el transcurso de los años que dicen “¿Te acuerdas cuando contó fulanita?”. Luego también hay gente que dice que por qué no se cuentan cuentos durante todo el año, y nosotros les explicamos que sí se cuenta durante todo el año. Hay personas que sólo acuden durante el festival, porque hay mucha publicidad.

También está la gente que va a los pubs a escuchar, pero esta no suele venir a las bibliotecas a escuchar cuentos. Ni ahora ni antes. Aunque ahora hay muchos menos pubs donde se cuenta y menos gente en las funciones. Esto ha sucedido por diferentes razones, pero en general el público universitario que antes acudía fielmente a los pubs a escuchar cuentos se perdió. Quizá por el exceso de programación en Madrid, quizá porque los DJ ganaron la partida en la programación de estos locales, quizá por que el tiempo que se dedica a internet y a las redes sociales ocupa todo el tiempo de que disponemos para nuestro ocio. También existen otras maneras de contar: cuando programamos a El Chojin en Un Madrid de Cuento había unas colas en las bibliotecas impresionantes. Es decir, que hay unas maneras de contar... Y este año, en el que tantas programaciones se han recortado, ha habido colas en todas partes. Porque en la Biblioteca Nacional se quedaron en la calle por lo menos cien personas, niños, y familias. Lo que yo creo es que durante estos años todo lo que ha tenido que ver con niños y familias se ha seguido trabajando, trabajando, trabajando, en todos los espacios, sobre todo en bibliotecas. Y eso ha creado un público aficionado, sobre todo familias con niños de 0 a 6 años. Y todo ello gracias a las campañas con prelectores que ha habido durante estos años en la biblioteca. Ahora conseguir que vayan niños de 9 años, claramente incompatibles con los de dos, es una hazaña.

Para mí el reto en este momento son los jóvenes, claramente, porque el itinerario que ellos siguen no es el mismo que el nuestro, son otros espacios y otro sistema de comunicación. Y además ahora no tienen dinero. Hay muchos jóvenes que buscan lugares gratuitos mediante sistemas de comunicación diferentes. Ahí es donde está el presente que tenemos que investigar. Los jóvenes llegan a la biblioteca pero vienen a estudiar. Y si hay alguna actividad especial para ellos que les atraiga mucho, se unen. 

Tenemos una actividad de “Libros en familia” y ahora en “Un Madrid de Cuento” hemos hecho un taller para niños y familias que se ha llenado. Al principio también cuando empezamos con “Libros en familia” había muy pocas familias, pero al poco tiempo de repente hubo treinta, y decíamos esto es imposible. Se trataba de ver y leer libros juntos. Ahora esto ya se ha extendido por todas partes. Por eso insisto que ahora el reto son los jóvenes, y es muy difícil porque la edad va asociada a que estén en desacuerdo con cualquier tipo de institución, directamente, y que si tú les dices “haz esto”, ellos hacen lo contrario. Esa es una de las tareas complicadas. Sobre todo con los recortes en la programación que tenemos desde 2008, que empezó la crisis. Eso se nota cuando analizas las partidas presupuestarias y  ves en cuáles han bajado las cifras.

El público ha cambiado, pero los narradores ¿han cambiado mucho? 

Yo percibo una mejoría sustancial, todos hemos ido aprendiendo. Ahora te encuentras a gente que entonces empezaba y con la experiencia ha ido puliendo su estilo, quitando polvo y paja y quedándose con lo esencial. Y esa evolución es algo muy importante para la consolidación del arte de contar cuentos. Por otro lado, al cabo de los años, me he encontrado a gente que contaba igual que hace muchos años y no había mejorado. Este es un arte muy difícil en el que hay que trabajar permanentemente, hay quien es un narrador nato, pero en Madrid, que es una ciudad donde no hay muchos sitios donde la gente se siente a escuchar a los demás, es un arte que se consolida poco a poco. Es muy alentador que la narración se haya mantenido durante este tiempo. Escuchar historias es de lo más apasionante. Yo creo que lo que nos mueve es la curiosidad por descubrir otros mundos posibles o imposibles.

¿Cómo ha sido el Madrid de Cuento de este año?

Producto del resultado del trabajo de todos estos años, la respuesta del público ha sido masiva. Nunca ha habido tanto público en Un Madrid de Cuento como este año. No solo se quedó la gente fuera en la Biblioteca Nacional, en muchas otras bibliotecas se completó el aforo y se quedó mucha gente fuera, en la calle, porque no pudo pasar. Porque después de lo del Madrid Arena si el aforo es de 90 pasan solo 90. Pero eso ocurrió prácticamente en todas las actividades, por ejemplo en Villaverde también se quedó mucha gente fuera. Y eso tiene que ver con la crisis y la elección de actividades culturales gratuitas, claro, pero también tiene que ver con que el festival, después de muchos años, está consolidado y a la gente le suena, y muchos lo esperan.

¿Cómo ves el futuro, Marina?

Y en el futuro, ¿quién sabe?... A mí me gustaría que siguiera durante muchos años, porque hay mucho que hacer, mucho que contar, muchas historias. Aunque las bibliotecas han cambiado sigue siendo necesario que se cuente: hace falta contar y hace falta escuchar, y es preciso habilitar espacios donde las personas escuchan y cuentan, y además donde se cuenten historias tradicionales, y actuales, como las que cuenta Quico Cadaval, las historias presentes, pasadas y futuras, y sobre todo hace falta escuchar. Y además hace falta que los relatos nos ayuden a organizar nuestro pensamiento, y eso es fundamental para el futuro.

A veces la gente dice ¿y por qué hay que escuchar cuentos?, pues porque los humanos nos diferenciamos de los animales en la lengua y esta es la que expresa el pensamiento con la palabra.  Además las historias tienen un eco en quienes las escuchan, porque cada uno tenemos nuestra historia, nuestras necesidades, nuestras maneras de fabular, entonces el cuento es un encuentro. Y las bibliotecas siguen siendo lugares de encuentro. Aunque exista Internet y tengamos casi todo en la red, esto no tiene nada que ver con la palabra en directo, con la mirada en directo, con la relación de piel que hay. Porque precisamente los humanos somos de carne y hueso, y las palabras son muy diferentes cuando las escuchas por la radio, por la televisión, por los ordenadores, por los aparatitos... que en directo y además en relación con la gente. Así que yo espero que siga Un Madrid de Cuento, que se mantenga la estructura estable de cuentos en todos los rincones y que se extienda. Y que vengan cuentacuentos de todas partes, porque aunque los narradores cuenten la misma historia siempre es diferente. 

Recuerdo el año en que nuestro lema fue Barbazul: cada narrador, cada narradora, contaba la historia de una manera diferente, y eso es muy bonito... También es muy bella la interrelación con otros géneros: la música, por ejemplo, con los cuentos, las canciones, el uso constante de elementos del arte dramático... Hay otro aspecto fundamental: seguir enseñando a la gente, que haya talleres, y reflexionar sobre lo que es contar y sobre la posibilidad de relatar de muchas formas. Los niños necesitan la calidez de la palabra y en las bibliotecas, durante todos estos años, se han hecho grupos para contar. Este año por ejemplo, hubo talleres para contar al mismo tiempo padres y niños, porque de forma paralela también en Un Madrid de Cuento ha habido pequeños maratones de cuentos en los que contaban padres y niños juntos. Algunos narradores actuales han aprendido a contar en los talleres; a los enseñantes, a los padres, a cualquiera nos puede gustar contar, y por eso hay talleres, para que se siga contando historias en la casa, en la comida, en cualquier sitio... no de forma profesional, pero sí de cualquier otra forma.

Yo tengo sueños, yo sigo soñando. Espero que el futuro siga lleno de cuentos, en el que pueda seguir impulsando los cuentos y en el que todas y todos sigamos escuchando toda clase de historias.

Nunca volveremos atrás porque nunca estaremos en ese punto de partida. Entonces, nosotros partíamos de un momento que no es como el que estamos ahora, en varios sentidos: el primero, salíamos de un Estado sin ninguna libertad, absolutamente ninguna, y en este momento, legalmente, hay un soporte que entonces no había. No hay vuelta atrás.

*Marina Navarro Álvarez es bibliotecaria destinada en la Subdirección General del Libro de la Comunidad de Madrid, desde donde ha coordinado las actividades culturales y de promoción de lectura de la Red de Bibliotecas Públicas durante 26 años. Gran parte de sus conocimientos los adquirió en su destino anterior como bibliotecaria de la sección infantil de la Biblioteca “Popular” del  distrito de Moratalaz de Madrid durante 11 años. Desde 1994 hasta 2013 dirigió el Festival Un Madrid de Cuento.

Es Licenciada en Psicología y diplomada como Profesora de Educación General Básica en la Universidad Complutense de Madrid. Hizo postgrados de documentación y de psicoanálisis en la Universidad Complutense y en la Fundación Universitaria San Pablo.

Ha publicado artículos sobre literatura infantil, bibliotecas y promoción de lectura en varias revistas (Boletín de la ANABAD, Gaceta del Libro, Comunidad Escolar, Urogallo, Educación y bibliotecas, Mujeres, Atiza, etc.) y monografías (Bibliografía básica para bibliotecas infantiles y juveniles. Mio. de Cultura. 1986, Biblioteca IBERDIDAC, Bibliografía pedagógica…)

Durante estos años ha impartido y coordinado cursos paras bibliotecarios, profesores y estudiantes, organizados por el diferentes Comunidades Autónomas, Ministerio de Cultura y otras instituciones vinculadas a la cultura y educación como Acción Educativa.

Otras de sus actividades profesionales tienen que ver la organización de campañas de lectura, participación en congresos sobre bibliotecas y lectura, intervención y organización de asociaciones y encuentros relacionados en la promoción de lectura, literatura y bibliotecas.