El año 2025 se desplegó para AEDA como un año de palabra en movimiento, de encuentros necesarios y de reflexión compartida sobre el oficio de contar. Un año especial en el que celebramos 15 años de existencia. Un año atravesado por una mirada común que dio coherencia a gran parte de nuestras acciones: la narración oral en el mundo rural, entendida no solo como un contexto geográfico, sino como un espacio simbólico, cultural y humano donde la palabra sigue cumpliendo una función esencial de transmisión, memoria y comunidad.

El año comenzó con la Asamblea anual celebrada en enero en Azuqueca de Henares. Durante esos días, narradoras y narradores de distintos territorios nos reunimos para escucharnos, debatir y pensar juntas el presente y el futuro de la profesión. La asamblea fue, como cada año, un lugar de reencuentro, pero también de preguntas compartidas: sobre las condiciones laborales, sobre la visibilidad del oficio, sobre la necesidad de seguir cuidando la formación y la ética profesional, y sobre cómo sostener una asociación viva, diversa y arraigada en los territorios a través del funcionamiento de las diferentes comisiones y grupos de trabajo.

Ventana Diego

«Los peces muertos del mercado siempre parecen sorprendidos. ¿Sorprendidos de estar muertos? ¿Sorprendidos de ser capturados?». Perdón, no era así como quería empezar, pero estaba leyendo «The house at the edge of magic», de Amy Sparkes, y me capturó esa frase. Bueno, ella no la dice exactamente así, claro: ella habla de su personaje protagonista, el libro está en inglés… Pero a grandes rasgos, supongo que este inicio te puede haber sorprendido tanto como a mí o como a los peces (aunque tal vez por otros motivos).

Dicho esto, te doy la bienvenida a este extraño lugar. Mi nombre es Diego, y espero llevarte de la mano (o del ojo, o de la oreja, no sé qué tipo de lectura sueles hacer) a través de esta pequeña locura. Estamos aquí para hablar de la narración, del juego, y de lo que sucede entre las personas que se encuentran en ese espacio mágico que se crea en medio (tal vez por eso estaba leyendo el libro de la casa al filo de la magia) y, como dice el título, habrá múltiples escritos, habrá un juego… y una advertencia: es posible que te pierdas por el camino, retrocede, encuentra el hilo, toma mi mano, concéntrate… tal vez encuentres la salida.

CABALLITO DE MAR Ilustración de Rubén Martínez Santana

Caballito de mar. Ilustración de Rubén Martínez Santana

 

"Mugunghwa Kkoci Pieot Seumnida”
(La flor de hibisco ha florecido).
El Juego del Calamar.

 

Quizás no sea nada riguroso comenzar este artículo buscando una definición en el diccionario, pero lo he hecho y la Real Academia de la Lengua Española me dice que el juego es “acción y efecto de jugar por entretenimiento / actividad intrascendente o que no ofrece ninguna dificultad”. Por su parte, el filósofo holandés Johan Huizinga, en su libro Homo Ludens (1), escribió que el juego “se halla fuera de la racionalidad de la vida práctica, fuera del recinto de la necesidad y de la utilidad”. ¿Podemos decir entonces que un arte tan hermoso, necesario y profundo como la narración oral es un juego, una acción inútil e intrascendente? Tal vez sí. Y también no.

Foto Rafa Fraile

Imagen: Estrella Ortiz. Foto de Rafa Fraile

 

Ser cuentista conlleva ciertos riesgos que, por fortuna, no son mortales, aunque bien podría decirse que nos la jugamos a cada historia. Contar cuentos de viva voz es una intervención artística en la que participa todo el ser y exige una gran entrega; un acto vivo de comunicación en el que cada sesión es diferente: nosotros no volvemos a ser los mismos, así como tampoco lo es el público. De modo que conseguir que nuestro auditorio sintonice con lo que estamos contando en cada momento forma parte del reto del oficio. Muchas de las estrategias que vivimos en este proceso coinciden con las características del juego: placer, riesgo, repetición, capacidad de superación, pruebas de ensayo y error, entrega, pasión.

PepBruno juego JuanjoPalacios
Pep Bruno contando en Conil (Cádiz). Foto: Juanjo Palacios

 

El historiador Johan Huizinga escribió en 1954 Homo ludens, un ensayo sobre lo lúdico y su sentido fundamental en la vida humana, fundamental tanto por su presencia habitual en el día a día como por su papel en la génesis y el desarrollo de la cultura humana. El juego forma parte del comportamiento y de la cultura de todos los grupos humanos, es inherente al ser humano y está presente a lo largo de toda la vida. 

En el décimo capítulo del libro el estudioso neerlandés diferencia entre las artes “músicas” (de Musas, que reunirían las artes sin utilidad práctica, como el canto, la poesía, la epopeya…) y las artes plásticas (lo útil y serio, como la arquitectura, la pintura, la escultura, etc.). Estas artes “músicas” suceden en el encuentro, en la celebración, en la fiesta, en lo que no es “útil”, y es allí donde “el hombre poetiza porque tiene que jugar en colectividad” (Huizinga, Homo ludens, p. 169). Puesto que “la diferencia profunda entre las artes “músicas” y las plásticas se debe, grosso modo, a la aparente ausencia de lo lúdico en las artes plásticas por oposición a la destacada cualidad lúdica de las “músicas”. No es menester indagar la causa particular de esta oposición. En las artes “músicas” la realización estética consiste en la ejecución. La obra de arte ha sido concebida antes, ensayada o escrita, pero cobra vida con la ejecución, con la audición (…) El arte “músico” es acción y se disfruta renovadamente como acción en cada ejecución” (Huizinga, Homo ludens, pp. 195-6). 

Contar historias de viva voz, por lo tanto, contendría en su propia esencia un carácter lúdico. Por eso el momento de contar y escuchar historias es un tiempo también de juego en comunidad y, al mismo tiempo, una manera de resistencia ante una sociedad cada vez más seria: “La cultura, en total, se hace más seria, la ley y la guerra, la economía, la técnica y los conocimientos, parecen perder su contacto con el juego” (Huizinga, Homo ludens, p. 159).  

En mi infancia había una hora mágica… las 5:05 de la tarde.

A las 5 salíamos de la escuela. En la plazuela de la iglesia de nuestro barrio, con su aire tranquilo y bonachón paseaba sereno D. Daniel, el viejo cura que nos conocía a todos. 

Como bandada de pajarillos libres y hambrientos, corríamos la chiquillería y hacíamos corro a su alrededor. Sí, teníamos “hambre” de que continuase contándonos como todas las tardes, las historias mágicas de la Isla del Tarantantam, la que tenía casitas con paredes de turrón, tejados de chocolate y ventanas de dulce de caramelo de colores; puertas de frutas escarchadas y los caminos estaban llenos de flores, de pajaritos de colores que trinaban la música y cantaban las canciones que más nos gustasen. En sus caminos había árboles grandísimos y olorosos donde vivían ciervitos que no se asustaban y nos miraban alegres de vernos llegar ¡a las niñas y niños de todo el mundo!, chinos, indios, negros, cobrizos y rubios. En aquella isla se hablaba un idioma mágico que entenderíamos y podríamos hablar ¡¡¡todas/todos!!!

El silencio era total, la algarabía había dado paso a los ojos abiertos y brillantes de la sorpresa regocijada y contenida. Las imaginaciones soñadoras de todos nosotros, ya volando, ya navegando, sobre una alfombra mágica o por el toque maravilloso de un hada, ya nos acercábamos a la Isla del Tarantantam. ¿Y con qué vestidos tenemos que ir? Preguntábamos a nuestro viejo y paciente cura. De colores; de princesas, de bailarines o de exploradores, de hadas. ¡Cada una/uno con el que elija imaginarse y le parezca bonito! Todo era belleza, cantos de pájaros y niñas/os extranjeras/os venidos de sus países que serían nuestros amigas/os. ¡Que alegría más emocionante!

Carmen Sara entrevista a Alicia Bululú para el Boletín n.º 105 – Cuentos en cautividad, en el que se habla sobre narración oral en cárceles.

 

¿Por qué y para qué contar historias en las cárceles?

En mi caso, cuento en las cárceles a través de la Biblioteca "Blas Infante", que está en Sevilla Este y pertenece a la red de Bibliotecas Municipales Públicas. Ya anteriormente había contado en algún centro penitenciario, pero no de manera sistemática y con continuidad, que es lo más interesante de este proyecto. ¿Por qué contamos cuentos? Porque queremos unir lazos con el mundo exterior, saber que hay gente “de fuera” que sigue confiando y creyendo que la reinserción es posible. La narración oral aporta otra visión del mundo y otros lugares que habitar, sobre todo cuando la rutina es aplastante y tan difícil de sobrellevar. Les hablamos a las personas internas de que hay lugares en el exterior que les están esperando, como las bibliotecas públicas, llenas de mundos de ficción posibles de ser descubiertos. En este contexto, la palabra narrada es una “mediación lectora”, la antesala a habitar de manera simbólica, como se hace en la lectura. Pero no solo eso, es una manera de generar interacciones humanas, una manera de querer a las personas, de mecer a quienes quizás nunca nadie meció a través de las historias. No todo el mundo ha nacido con las mismas oportunidades ni pacificadoras, ni resolutivas, ni creativas y la narración de historias, la lectura, la construcción simbólica, ejercen una respuesta y una forma diferente de vida a la que han podido tener.

 

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