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Saludos

Las personas que hoy tienen más de 65 años han conocido un mundo sin interferencias tecnológicas, en el que la gente se reunía para contar y cantar, en el que los cuentos, los chascarrillos, las canciones y anécdotas pululaban de boca en boca, en el que entablar conversación con los vecinos e incluso con personas desconocidas era un acto natural. Su relación con la palabra y con la narración oral seguramente está mucho más arraigada y tiene raíces mucho más profundas de lo que nunca llegará a tener en las personas que pertenecemos a generaciones posteriores.

Esta es la razón por la que los narradores y narradoras profesionales podemos aprender mucho sobre oralidad de nuestros mayores. Y diría que no solo podemos, sino debemos, para devolverles una autoridad que hoy en día está en entredicho. La clave es la “escucha”, una palabra que se repite en todos los artículos de este boletín. Ellos y ellas tienen mucho que contar y a veces no se atreven porque desgraciadamente no están acostumbrados a que su voz se valore.

No obstante, son un buen puñado los narradores y narradoras profesionales que acuden a ellos como fuente. Es un modo natural de recuperar historias personales o de otorgar vida y contexto a los relatos que aparecen en los libros y recopilaciones de cuentos populares. Esos mismos narradores, en numerosas ocasiones les devuelven esas historias de manera escénica, en un camino de ida y vuelta de los cuentos.

Profesionales de la narración y otros que no lo son pero que están acometiendo algún proyecto social, nos han contado sus experiencias con este colectivo, en sus diferentes facetas. Los mayores como narradores, como informantes, como público y como personas con las que se relacionan.

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