
—Diez mil mujeres muertas es un genocidio —exclamó Sherezade.
—Sacrificar a una hija es el mayor horror —respondió el hombre, transido de dolor.
—No temas, padre —lo consoló—, contar es vivir, y voy a demostrarlo.
Carmen Ibarlucea Paredes
Este microrrelato lo escribí en 2008, cuando apenas llevaba cinco años cobrando dinero por contar cuentos, y aún no sabía que contar puede ser una profesión. Pero llevaba toda la vida contando cuentos para ordenar el caos, para hacerme comprender, para sentirme comprendida, para imaginar otros mundos posibles, para ilustrar las causas que dan sentido a mi vida.

En noviembre de 1925, la que después sería una reconocida filósofa, Simone Weil, aún estudiante, publicó un trabajo titulado «Le Conte des six cygnes dans Grimm», en el que analiza el cuento popular de “Los seis cisnes”. Ese fue uno de sus primeros trabajos filosóficos reconocidos, presentado cuando tenía apenas 16 años y aún en las clases preparatorias antes de su entrada en École normale supérieure.
Ella selecciona este relato casi “al azar” para aplicarle un ejercicio filosófico-democrático, siguiendo el método socrático: “diré como verdadero todo lo que voy a decir”.
Weil mantiene el esquema original: seis hermanos convertidos en cisnes por la madrastra, mientras su hermana menor debe permanecer en silencio y coser seis camisas de ortigas durante años para poder romper el hechizo, pese a que su silencio le impide defenderse ante la injusticia.
La filósofa concluye que el relato tiene una enseñanza ética para quien lo escucha, pues nos muestra que la atención dirigida, el silencio concentrado y la acción contenida, permite:
- Preservar la pureza del alma,
- Evitar distracciones motivadas políticamente o emocionalmente,
- Alcanzar una forma elevada de fuerza moral.
Por ello la narración se convierte en un espacio de aprendizaje, de resistencia, de memoria y de siembra. Una fuente viva de sabiduría y cambio.
A menudo se piensa en la tradición oral como algo del pasado, como un repertorio fijo de cuentos antiguos que simplemente se transmiten. Pero eso es desconocer su naturaleza viva, flexible y profundamente humana. Los cuentos populares han sido siempre un espejo de las comunidades que los crearon: reflejan sus conflictos, sus aspiraciones, sus miedos y también sus anhelos de justicia.
Muchos cuentos tradicionales, cuando se escuchan con atención, encierran una crítica social. Los animales que se rebelan contra el cazador, los pobres que engañan al rey, las niñas que se pierden en el bosque y encuentran su camino solas: todos ellos pueden leerse como símbolos de resistencia, emancipación o desobediencia civil.
Recuperar estas lecturas desde una perspectiva actual, con una mirada crítica y comprometida, es una de las tareas más ricas del narrador o narradora con causa.
No todo cuento cabe en toda boca.
Elegir el repertorio que llevamos a escena es una tarea ética, y cuando lo hacemos desde el compromiso con una causa —sea esta feminista, antirracista, ecologista, pacifista o animalista— el cuento se convierte en vehículo de transformación.
Esto no significa hacer propaganda, ni reducir los relatos a panfletos, con todo mi respeto por este género tan necesario. Un cuento bien contado nunca sermonea. Seduce, conmueve, plantea preguntas. Lo importante no es que el público salga pensando como un ente único, sino que salga pensando, o soñando, que es aún mejor.
Un cuento bien contado no ofrece respuestas, ni es moralizante, pero como todo arte propone una experiencia estética que moviliza lo emocional, lo simbólico y lo ético al mismo tiempo.
No siempre sabremos qué efecto tiene un cuento contado en una plaza, en una biblioteca, en un aula, en un teatro, o en una cárcel. A veces una frase, a veces una imagen, a veces la memoria de una emoción compartida son una chispa de lucidez y abren una puerta o una ventana.
Una de las riquezas de la narración oral es que no necesita grandes infraestructuras. Una voz basta.
Por eso, tradicionalmente ha sido una herramienta poderosa para las voces que no encuentran lugar en los circuitos oficiales del arte o la cultura. Desde los cuentos de las abuelas en las cocinas hasta los relatos en las asambleas de pueblos originarios, la oralidad ha sido refugio y trampolín.
Hoy, quienes contamos heredamos esa potencia. Podemos dar voz a culturas que ya no existen, o que están siendo silenciadas por sistemas de poder. Podemos contar cuentos en medio de guerras mediáticas, cuentos milenarios que siguen hablando a lo más íntimo de nuestro ser, cuentos en lenguas minoritarias que resisten la homogeneización cultural.
Cada vez que contamos uno de esos cuentos, estamos afirmando que otra forma de mirar el mundo es posible. Estamos construyendo una memoria alternativa, una sensibilidad disidente, una comunidad narrativa que no se conforma con lo dado.
La incomodidad como parte del oficio.
En este boletín de verano, reunimos tres reflexiones que, desde enfoques diversos, profundizan en el valor de la narración oral como herramienta de acompañamiento, conciencia y compromiso.
Lorenzo Hernández Pallarés, en su artículo "El árbol de los cuentos y su uso ancestral sanador: deshaciendo equívocos y tendiendo puentes", revisa los usos terapéuticos de los cuentos desde la perspectiva de la cuentoterapia, proponiendo una clasificación funcional que pone en valor su dimensión simbólica y su capacidad para acompañar procesos emocionales. Su artículo es, además, una invitación al diálogo entre disciplinas y profesionales que trabajan con la palabra narrada.
David Acera, en "Cuentos con sentido", plantea la necesidad de asumir la responsabilidad que conlleva el acto de contar. A través de referencias filosóficas y ejemplos actuales, nos recuerda que toda narración implica una toma de posición, consciente o no, y que los cuentos, lejos de ser neutros, forman parte de las dinámicas sociales y culturales de cada momento.
Jennifer Ramsay, en su artículo "La narración oral y Gaza en un mundo polarizado", escrito originalmente en inglés y que puedes leer aquí, nos ofrece una reflexión sobre el papel que puede desempeñar la narración oral en contextos de conflicto, con especial atención a la situación en Gaza. A través de vivencias personales y ejemplos de iniciativas internacionales, plantea preguntas relevantes sobre la función social de los cuentos en un mundo polarizado.
Tres textos que, desde perspectivas complementarias, nos invitan a seguir pensando sobre el poder de la narración y la responsabilidad que conlleva ejercerla.
Ojalá que estas lecturas acompañen, remuevan e inspiren.
Sigamos contando.
Este Boletín n.º 104 - Cuentos con causa, ha sido coordinado por Carmen Ibarlucea Paredes



