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¿Qué es un cuento sanador y qué es la cuentoterapia?

La Cuentoterapia es el uso de cuentos y narrativas como herramientas terapéuticas que ayudan a comprender y gestionar emociones. La palabra "terapia" proviene del griego therapeia, que significa “cuidado” o “alivio”, lo que sitúa a la cuentoterapia dentro de un marco amplio de acompañamiento emocional y psicológico.

¿Pueden los cuentos ser terapéuticos? No solo pueden: muchos lo son. Todos aquellos cuentos que nos ayudan a sanar heridas vitales tienen este potencial sanador, incluso aunque el autor no tuviera esa intención consciente al escribirlos.

Para entender cómo funcionan, conviene abandonar las obsoletas clasificaciones por edades y explorar su tipología funcional desde la cuentoterapia. Podemos agruparlos en tres grandes categorías: monosémicos, polisémicos y emosémicos.

A) Cuentos Monosémicos

Son cuentos con un único significado, cuyo propósito es instruir o aleccionar. Provienen de tradiciones espirituales (como los cuentos jasídicos, sufíes, zen o las parábolas cristianas) y de la tradición oral popular. Suelen tener una intención moral o didáctica y se reconocen en los catálogos del folclore, como el de Aarne-Thompson-Uther, dentro de los cuentos de animales (ATU 1-299), religiosos (ATU 750-849), realistas o jocosos (ATU 850-1999) y algunos de fórmulas (ATU 2000-2400).

Su función pedagógica es evidente, pero no por ello siempre terapéutica. En cuentoterapia se usan con cautela, pues su mensaje directo puede limitar la libre interpretación cognitiva.

B) Cuentos Polisémicos

Son los más antiguos y con mayor riqueza simbólica, como demuestra la investigación de antropólogos como Eugenio Bortolini, Sara Graça da Silva o Jamshid J. Tehrani, quienes sitúan su origen en el Neolítico. Estos cuentos, conocidos como “de hadas”, “de encantamiento” o “maravillosos”, contienen elementos mágicos, personajes fantásticos y soluciones extraordinarias. Se agrupan en el catálogo ATU 300-749.

Desde diversas disciplinas —psicología humanista, neurociencia, antropología y desarrollo infantil— se ha estudiado su impacto sanador. Nos permiten reflejarnos en los personajes, comprender nuestras emociones y ensayar nuevas maneras de afrontar conflictos. La psicología narrativa (Frankl, Rogers, Maslow), el juego simbólico en la infancia (Bettelheim, María Tatar, Winnicott, Rodari) y la neurociencia de la narrativa (Antonio Damasio, Uri Hasson, Nazareth Castellanos) explican cómo estos relatos activan procesos cerebrales relacionados con la empatía, la imaginación y la resolución de problemas.

En el ámbito del folclore, autores como Jung, Campbell y María Luise Von Franz demostraron cómo los cuentos tradicionales sirven de mapa emocional y ético para las comunidades. Más allá de su simbolismo cultural, se convierten en vehículos de cohesión social y educación emocional.

J.R.R. Tolkien, en su ensayo Sobre los cuentos de hadas, sintetiza su poder en tres funciones que contribuyen a la sanación psíquica:

Renovación: la fantasía nos permite mirar la realidad con ojos nuevos, cuando volvemos a la realidad cotidiana y así valorarla más.

Evasión: lejos de significar huida irresponsable, implica un descanso frente a los sufrimientos reales (hambre, guerra, abusos, pérdida).

Consuelo: frente a la tragedia, los cuentos ofrecen finales felices, lo que Tolkien llama eucatástrofe, una súbita alegría que da esperanza.

C) Cuentos Emosémicos
Esta categoría genera más controversia. Se refiere a historias sencillas que apelan directamente a las emociones. Suelen venir en forma de álbumes ilustrados, donde imagen y texto trabajan juntos. Al ser leídos, provocan un estado emocional concreto y pueden inducir cambios en la percepción o en el estado interior.

Pero ¿fueron escritos con esa intención? No todos los cuentos ilustrados lo son, ni todos los que usamos en cuentoterapia fueron creados con ese fin. Muchos autores simplemente querían contar una historia. En ese sentido, distinguimos entre cuentos emosémicos y los que llamamos “cuentos con causa”.

Los “cuentos con causa” surgen con una intención moralizante o instrumental, muchas veces por encargo de instituciones o editoriales que los mercantilizan o los vuelven “mercenarios”. A veces se parecen más a manuales didácticos enciclopedicos, que a cuentos: ofrecen mensajes sobre emociones o valores, pero sin profundidad simbólica ni belleza literaria. Aunque pueden ser útiles en contextos pedagógicos, no siempre conectan con los niños ni generan el impacto emocional profundo que buscamos en cuentoterapia.

Es importante no confundir estos productos con los cuentos emosémicos auténticos, que provocan emoción no por su propósito aleccionador, sino por su autenticidad narrativa y artística. Algunos autores rechazan la idea de que sus cuentos tengan un efecto terapéutico, quizá porque asocian erróneamente cuentoterapia con estos “cuentos con causa”, sin conocer nuestra metodología.

Por eso, desde cuentoterapia reivindicamos el uso de cuentos bien escritos, con profundidad emocional, y no el cuento por encargo,que suelen ser relatos superficiales que instrumentalizan el formato del cuento.
Este artículo, aparte de ser crítico con “lo que no son cuentos”, es un deseo de tender puentes entre los que, como metáfora, formamos el árbol de los cuentos:
Un árbol con raíces profundas y ramas generosas
Sean monosémicos, polisémicos o emosémicos, todos los cuentos verdaderos forman parte de lo que llamamos el "árbol de los cuentos". Un árbol frondoso que acoge a quienes amamos este arte y lo usamos con respeto, cuidado y conocimiento.

Ese árbol tiene raíces: los folcloristas, antropólogos y recopiladores que estudian los cuentos populares, sus versiones anónimas y sus funciones culturales. También están aquí los autores contemporáneos que, desde la creación literaria, contribuyen al legado colectivo.

El tronco está formado por quienes usan los cuentos para explorar y acompañar procesos emocionales: terapeutas, educadores, psicólogos, trabajadores sociales y familias. Somos quienes, desde la cuentoterapia y la terapia narrativa, trabajamos con su dimensión sanadora.

Y las flores y los frutos son los artistas que los narran: cuentacuentos, narradores orales, cuenteros. Ellos llevan los cuentos al público, los hacen vivir, sentir, reír, llorar. A través de su arte, los cuentos siguen cumpliendo su función esencial: tocar el alma humana.

El árbol de los cuentos también se conecta con recientes hallazgos científicos. Un estudio liderado por Misha Tsodyks y publicado en Physical Review Letters propone que el cerebro humano organiza la memoria de las historias en forma de árbol aleatorio: con un tronco de significados abstractos, ramas de detalles concretos y hojas de experiencias individuales. Esta imagen resuena con nuestra visión del cuento como estructura viva, simbólica y compartida.

Para terminar: un llamamiento a la unidad
Este artículo no busca establecer jerarquías ni imponer verdades absolutas. Al contrario, pretende deshacer equívocos, reconocer el valor de diferentes formas de contar y tender puentes entre quienes trabajamos con cuentos desde distintos enfoques.

Lo que nos une es el amor por los cuentos. Por eso resulta doloroso que a veces, dentro del propio “árbol”, haya críticas entre ramas. Reivindicamos un espacio de respeto y empatía mutua, donde cada quien aporte desde su saber, su arte y su sensibilidad.

Queremos que se confíe en los narradores orales y se reconozca su criterio para elegir los cuentos que cuentan. Que no se les imponga siempre “cuentos con causa”, sino que se les permita bucear en lo profundo, evitar lo superficial y conectar con lo simbólico.

Desde la cuentoterapia, seguimos defendiendo el uso sanador de los cuentos, sin dogmas, con apertura y con respeto a su naturaleza compleja y plural. Porque creemos, con humildad y convicción, que un cuento bien contado puede ser un acto de amor, de arte y también de sanación en su sentido más amplio.

Lorenzo Hernández Pallares

Este artículo forma parte del Boletín n.º 104 - Cuentos con causa, coordinado por Carmen Ibarlucea Paredes