Las bibliotecas públicas son espacios de aprendizaje, cultura, encuentro y disfrute. En sus colecciones encontramos conocimientos, fantasía, literatura, tradición y memoria. Es por ello que los caminos de la narración y de las bibliotecas avanzan en paralelo y, en muchas ocasiones, se encuentran y confluyen.

Por ponernos teóricos, si leemos el Manifiesto de la UNESCO sobre la biblioteca pública (1994), texto de referencia que inspira la acción de las bibliotecas públicas de todo el mundo, vemos que éstas tienen entre sus funciones:

  • crear y consolidar el hábito de la lectura en los niños desde los primeros años
  • brindar posibilidades para un desarrollo personal creativo
  • estimular la imaginación y creatividad de niños y jóvenes
  • sensibilizar respecto del patrimonio cultural y el aprecio de las artes
  • facilitar el acceso a la expresión cultural de todas las artes del espectáculo
  • fomentar el diálogo intercultural y favorecer la diversidad cultural
  • prestar apoyo a la tradición oral

En todas ellas tiene cabida el apoyo y la promoción de la narración oral. La hora del cuento es una actividad tradicional en las zonas infantiles de las bibliotecas para dar a conocer los libros de las colecciones, y también se cuentan cuentos en las numerosas visitas guiadas de grupos escolares. Encontramos también numerosas colaboraciones de AMPAS, centros de tiempo libre, asociaciones de la tercera edad… ligadas al mundo de los cuentos. También son espacios en los que las narradoras y narradores profesionales desarrollan habitualmente su actividad en el marco de las programaciones de extensión cultural y de animación a la lectura en todas las franjas de edad.

Reflexionando sobre qué cosas podríamos mejorar las y los profesionales de las bibliotecas públicas en relación con el mundo de la narración oral, me vienen a la cabeza algunos aspectos en los que podríamos mejorar.

Uno de ellos es que, aunque no es lo habitual, puede percibirse en ocasiones cierto desconocimiento (y una consiguiente falta de valoración) por parte de algunos profesionales bibliotecarios del mundo de la narración oral profesional.

Por una parte, las bibliotecarias y bibliotecarios deberíamos entender al contratar un espectáculo de narración que la hora que dura la sesión conlleva mucho trabajo previo: formación continua, creación de un repertorio (investigación, comparación de versiones, selección y adquisición de libros), dirección del espectáculo, ensayos, publicidad, presencia en las redes sociales y en Internet.

Por otra, la narración oral va mucho más allá del mero entretenimiento. Aunque parezca mentira, a veces parece que se tiende a infravalorar este tipo de espectáculos partiendo de la idea preconcebida de que su finalidad única es el entretenimiento, olvidando que los buenos espectáculos de narración divierten y emocionan al mismo tiempo que transmiten conocimientos, plantean dilemas morales y sociales, propician el encuentro con otras tradiciones y culturas, favorecen el aprendizaje y ayudan a ampliar las competencias lingüísticas. Cuando programamos una sesión de cuentacuentos no debemos olvidar que la narración oral es un arte complejo y que exige un cuidado exquisito para su correcto desarrollo. Cuidar los aforos, buscar espacios adecuados, respetar los rangos de edad del público que propone el narrador, educar al público en la escucha es nuestra tarea como bibliotecarios para que nuestros usuarios disfruten de la frágil magia de la narración.

En un ámbito superior, la progresiva precarización de los servicios públicos y entre ellos de los servicios bibliotecarios ha dificultado el desarrollo de programaciones estables de actividades, cuando no ha supuesto su desaparición durante mucho tiempo.

En un contexto de disminución constante de presupuestos es lógico que se haya priorizado por asegurar la existencia de los centros, evitar despidos y mantener a toda costa las colecciones. Esta falta de recursos económicos ha provocado una merma considerable del servicio de actividades culturales y de fomento de la lectura, especialmente en lo que se refiera a actividades externas. Si a eso se suman las nefastas consecuencias de la subida del IVA cultural, que también afecta a los espectáculos de narración oral, no es difícil imaginar el esfuerzo que narradores y narradoras hacen para seguir desarrollando su actividad de manera profesional.

Después de esta autocrítica, que considero necesaria, hay que reconocer que las bibliotecas públicas constituyen espacios de resistencia para la narración, gracias a la buena labor de bibliotecarias y bibliotecarios, y su capacidad para tejer alianzas con maestras, usuarios, niñas y niños… y por supuesto cuentacuentos.

En Aragón tenemos la suerte de contar con un buen número de narradores profesionales de reconocido prestigio a nivel estatal y fuera de las fronteras, con una gran diversidad de propuestas escénicas y una riqueza inmensa de repertorio. Hay además diferentes festivales y propuestas, muchas de ellas promovidas y/o apoyadas desde las bibliotecas públicas, entre ellas FragaTcuenta y Cuentos a la luz de la luna (Jaca); en Zaragoza encontramos el festival Un barrio de cuento (Casco histórico) y varios maratones de cuentos, como la Contada Popular de Oliver, Una tarde de cuento (Barrio de San José) o el Maratón de cuentos del CEIP San José de Calasanz. No debemos olvidar la importante labor desarrollada por la DPZ a través de sus campañas de animación a la lectura. Y se merecen una mención otras interesantísimas propuestas ya desaparecidas como Noches inenarrables (Zaragoza) y Huesca es un cuento.

Esto evidencia que algo se mueve en torno al mundo de la narración, pues hay buenos profesionales implicados con la oralidad y muchas personas que disfrutan escuchando y contando historias.

Los seres humanos necesitamos la ficción para poder sobrevivir en este mundo caótico y cambiante, y la creamos y consumimos en múltiples formatos ya sean escritos, gráficos, sonoros o audiovisuales. Y la forma primigenia de acceder a esas representaciones, la palabra dicha, aún está entre nosotros y seguramente nos acompañará siempre. Pero para que lo haga del modo y en el lugar que le corresponde, desde las bibliotecas podemos trabajar en diferentes ámbitos:

  • Programar actividades relacionadas con la narración: hora del cuento, maratones, sesiones de cuentacuentos, talleres de narración oral…
  • Crear nuevos públicos, por lo que debemos esforzarnos en acercar la narración a todo tipo de personas, de todas las edades, desde bebés a público adulto.
  • Favorecer el conocimiento y la reflexión sobre la narración oral, creando secciones específicas sobre narración oral en las bibliotecas o bien evitando lagunas en las colecciones. También es interesante colaborar con las iniciativas e instituciones como centros del libro, asociaciones de promoción de la lectura, seminarios, departamentos universitarios de los Grados de Educación e Información y Documentación, etc.
  • Fomentar y participar en el desarrollo de programas comunes con centros educativos que utilicen la narración oral como eje transversal.
  • Facilitar también la recopilación de la tradición oral, tarea que nos corresponde como institución de la memoria.
  • Y muy especialmente, aunar esfuerzos siempre valiosos y a veces dispersos para optimizar recursos y poder ser más ambiciosos en las programaciones.

Las bibliotecas somos espacios en los que nos encontramos personas y palabras. Palabras escritas, y también narradas. Espacios de comunicación en los que cultivar la escucha, la atención, el placer de la narración. Es por ello que debemos continuar sembrando semillas de palabras escritas y narradas en pequeños y adultos.

 

Albano Hernández. Biblioteca Municipal José Antonio Rey del Corral (Zaragoza)

Este artículo se publicó en el Boletín n.º 45


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