Yo, de pequeño, también quería ser arqueólogo.

No sabría decir las veces que he escuchado esta frase de boca de conocidos y extraños al explicarles que me dedico a la Arqueología.
«Arqueología».

Es casi una palabra mágica. Infalible. Pronunciarla despierta en quien escucha un gesto automático de sorpresa, ya sea un «¡Oh!» o una moderada desorbitación de los ojos, como quien se encuentra ante algo insólito, exótico.

Este acto reflejo es sintomático de una doble realidad. En primer lugar, que la imagen que la sociedad tiene de la Arqueología dista mucho del día a día la profesión: ante la visión romantizada e idealizada, a menudo perpetuada por los medios de comunicación, se impone la realidad de una práctica profundamente burocratizada, marcada por largas esperas para la obtención de permisos, acuciada por ritmos frenéticos cuando comienza el trabajo de campo, condicionada por las presiones del sector de la construcción, desprovista de su aura sexy a base de EPIs y memorias técnicas. En segundo lugar –y en íntima relación con lo anterior–, que el poder evocador de la Arqueología es enorme. En el imaginario colectivo, la Arqueología remite a aventura y apela a lo desconocido, a lo que está oculto bajo tierra a la espera de ser descubierto, sumergido en el agua, perdido en la montaña o en lugares todavía más recónditos. La Arqueología tiene, además, la poderosa capacidad de encarnar el contacto con el pasado a través de su materialidad –el patrimonio–, que es la puerta de acceso a mundos imaginados. Especular sobre el pasado es una vía de escape para pensarse en territorios y épocas radicalmente distintos a los de quien imagina. Un subterfugio que a menudo es utilizado como contrapunto deseable frente a un presente poco apetecible.

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 Nada de esto es nuevo. En puridad, la romantización de la Arqueología viene del mismo momento en que se institucionaliza como disciplina científica en el siglo XIX –como tantas otras ciencias naturales y sociales– como herramienta al servicio de la construcción de los nuevos estados-nación europeos. Las expediciones arqueológicas y la consiguiente confiscación de restos arqueológicos fue una más de las armas utilizadas para apuntalar políticas colonialistas a distintas escalas, bien dentro de un mismo estado-nación, bien ejerciendo el dominio sobre otros países. Pero fueron sobre todo estas últimas, es decir, aquellas que dieron pie a viajes de largo recorrido desde las metrópolis europeas hacia las colonias y los territorios inexplorados –desde la mirada occidental, claro– de África, Asia y América, las que acabaron cimentando esa íntima relación entre Arqueología y aventura exótica. Una imagen que se afianzó en aquella época a través de novelas, grabados, fotografías, notas de prensa y crónicas de viaje, y que se ha perpetuado hasta nuestros días mediante nuevos formatos, como las grandes producciones cinematográficas, las series de televisión, los cómics, los videojuegos, los documentales, las revistas o los parques temáticos.
Y, aun así, la Arqueología encierra una gran paradoja. A pesar del componente literario, casi fantástico, que se le presupone, la práctica profesional ha tendido justamente a lo contrario: a desvestirla de lo narrativo y encorsetarla en una deseable neutralidad. Resulta comprensible. La voluntad de reivindicarse como ciencia –humana y social, pero ciencia, al fin y al cabo– conlleva asumir una serie de códigos estandarizados que permiten pivotar de la construcción de lo subjetivo a lo objetivo. Por ejemplo, armar un método científico sólido y riguroso. O utilizar un lenguaje pretendidamente neutro y aséptico que nada tiene que ver con la idea de contar o narrar en un sentido amable. Basta echar un vistazo a las publicaciones especializadas para darse cuenta de lo hermético del lenguaje técnico de la disciplina, con unos formalismos que acaban convirtiendo la explicación de la experiencia humana en una especie de experimento de laboratorio.

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Para no despertar más suspicacias entre los compañeros de profesión, diré que esto no es una suerte de alegato en defensa de la acientificidad de la Arqueología. Al contrario. Entiendo la Arqueología como ciencia que estudia, a través de una metodología específica y compleja, a las sociedades del pasado –también del presente– principalmente a través de su cultura material. Sin embargo, creo que es importante reconocer que la Arqueología –como cualquier ciencia, y en particular como las ciencias sociales y las humanidades– nunca puede ser objetiva: los hechos históricos lo son en tanto que ocurrieron, pero nuestra manera de acercarnos a ellos es siempre subjetiva, condicionada por nuestro contexto, y la prueba más evidente de esto es que las interpretaciones sobre un mismo hecho son cambiantes. Imaginamos cómo fueron las sociedades de otras épocas a partir de lo que queda de ellas, lo cual, a menudo, no representa más que una mínima parte de su realidad material. Nos valemos de marcos teórico-conceptuales y de métodos y técnicas cada vez más precisos para que nuestras interpretaciones sean rigurosas. Pero siempre hay un margen para la imaginación, que es la que ayuda a cubrir los vacíos, aquello sobre lo que no hay evidencias materiales. Hipotetizar implica, al fin y al cabo, especular sobre cómo pudieron ser las cosas. Hacer Arqueología también supone hacer un ejercicio de ficción, entendiendo la ficción no como falsedad o no verdad, sino como imaginación de realidades posibles. A menudo asociamos la ficción a la proyección de futuros fantásticos o distópicos, pero también la construcción del pasado responde a procesos especulativos, dentro y fuera de la ciencia –aunque, como es obvio, a niveles muy distintos–, a pesar de que desde nuestros campos disciplinarios se tienda a construir dicotomías: realidad frente a ficción, conocimiento frente a representación, historiografía frente a literatura, verdadero frente a verosímil. Por eso considero pertinente asumir y explicitar el potencial que tiene la Arqueología como activadora de procesos creativos y especulativos, y no renunciar al componente narrativo que le es inherente. Al contrario, hay que reivindicarlo.

La posibilidad de contar, de narrar, no tiene que ver exclusivamente con la manera de explicar y hacer comprensible una idea, una historia o un conocimiento, en este caso sobre el pasado. Va más allá de lo formal, del cómo contar, ámbito en el que, sin lugar a dudas, la Arqueología como ciencia todavía tiene muchos vicios de los que desprenderse en términos de estilo, formalismos y vocabulario, para hacer más asequible y cercano el relato del pasado. Contar tiene que ver también –y quizá especialmente– con el qué: qué contamos, qué tipo de preguntas formulamos al pasado, en busca de qué relatos nos embarcamos con la investigación.

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Aquí la imaginación –en combinación con el espíritu crítico– es una gran aliada del método científico, pues nos permite pensar alternativas al pensamiento hegemónico. A menudo desde la ciencia se construyen unos marcos interpretativos rígidos que convierten a los grupos humanos objeto de estudio en realidades de laboratorio, sujetas a comportamientos estandarizados, donde hay poco margen para la anecdótico o lo cotidiano, llegando incluso a la deshumanización. A este respecto, David Graeber y David Wengrow plantean en su obra El amanecer de todo (2022) una pregunta en apariencia elemental pero muy oportuna: «¿Y si tratamos a la gente, desde el principio, como criaturas inteligentes, imaginativas y lúdicas que merecen ser comprendidas como tales?». Estos autores cuentan, por ejemplo, que la dispersión de conchas en territorios de Norteamérica se ha interpretado tradicionalmente como evidencia del comercio entre pueblos y el inicio del protocapitalismo. Sin embargo, investigaciones recientes plantean la relación que dicha dispersión podría tener con juegos en los que las mujeres apostaban elementos de adorno fabricados con este material, que fueron pasando de mano en mano, recorriendo, así, grandes distancias. Lo mismo podríamos decir de todas esas figuritas antiguas que siempre han sido objetos incuestionablemente rituales para ceremonias y cultos, y que cada vez más son juguetes para la infancia; o esas inscripciones inteligibles que son sin duda inscripciones votivas y no garabatos realizados en un momento de aburrimiento.

Lo que contamos sobre el pasado, al fin y al cabo, responde a nuestra subjetividad, a lo que nos parece significativo rescatar de la historia. Ese acercamiento al pasado, la construcción del conocimiento histórico, es también una forma de representación, una posibilidad nunca definitiva de aproximarnos a realidades ya desaparecidas. Un proceso que lleva aparejado, inevitablemente, un trabajo de selección –y, por tanto, también de descarte–, de poner en relación y de ordenar acontecimientos e ideas para articular un relato que resulte coherente y verosímil, al que se le aplica un aura de veracidad a través del lenguaje técnico y de los convencionalismos que acompañan al trabajo científico.

El pasado, además de ser un «país extraño» como insinuaba el geógrafo David Lowenthal, es un texto que se puede leer de muchas maneras. La multiplicidad de lecturas posibles está condicionada por nuestro propio presente, y esto, lejos de ser un problema, resulta de gran interés, porque habla de cómo el pasado y su huella material funcionan como encapsuladores de significados y desencadenantes de relatos que tienen que ver con nuestra realidad. Sobre el pasado y el patrimonio se proyectan anhelos, intereses, responsabilidades y prejuicios. Apuntalan y socavan identidades. Son a la vez refugio y territorio hostil. Conectan con lo afectivo y pueden servir igualmente para crear comunidad o para avivar conflictos. Por eso, pienso, la Arqueología tiene la responsabilidad, en alianza con otras disciplinas como la Antropología, de asumir todos esos relatos como parte de su objeto de estudio. Entender que el pasado y el patrimonio no son un coto privado de caza de la ciencia, sino que siempre han sido objeto de deseo.

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Pensemos, por ejemplo, en cómo las sociedades tradicionales han incorporado los restos arqueológicos a su universo cultural, ya sea a través de la toponimia, de las leyendas, de los refranes y las frases hechas o de determinadas prácticas, como la reutilización de materiales o su veneración como objetos casi sagrados. O en las conexiones que la sociedad ha establecido en el contexto de la modernidad líquida, mediadas sobre todo por el consumo de la autenticidad en sus distintas dimensiones, tanto la político-identitaria como la económica.
Al ensanchar la mirada en busca de esos otros significados y sentidos, cobra especial relevancia un concepto clave: la multivocalidad, entendida como la diversidad de voces que pueden alzarse para articular un relato en torno a una misma realidad, ya sea una idea o un elemento material. Bajo mi punto de vista, ahí está la clave de una práctica profesional comprometida con los contextos en los que opera, al entender que no hay un relato único ni verdadero, ni sobre el pasado ni sobre el patrimonio, lo cual, por otro lado, tampoco debe conducir a la interpretación reduccionista de que todas las lecturas son igual de válidas y respetables. Dar la palabra y practicar una escucha activa es fundamental cuando se trata de pensar una Arqueología que definiríamos como pública, social o comunitaria. Pero igual de importante es dialogar y escuchar que asumir una actitud crítica que sea capaz de cuestionar discursos discriminatorios, que atenten contra los derechos básicos o la justicia social.

Con todo, encajar estos posicionamientos supone acercar la figura del arqueólogo a la del mediador, es decir, a quien actúa como interlocutor, en este caso entre patrimonio y comunidades patrimoniales, y lo hace, además, aspirando a una cierta horizontalidad. Un giro conceptual que lleva aparejado también un giro léxico: además de investigar, interpretar, conservar, gestionar y divulgar, la Arqueología debe acompañar. Y debe, por supuesto, contar. Y convendría, siguiendo con el símil lingüístico, matizar el sentido de este último verbo añadiendo una preposición: contar con. Asumir, en definitiva, que la lectura arqueológica es una de muchas, y que nuestra responsabilidad es también la de comprender los sentidos contemporáneos del patrimonio. No solo porque nos permite conocer mejor la sociedad en la que vivimos, sino también porque nos puede ayudar a imaginar, incluso a fantasear, con el futuro que queremos.

 

Tono Vizcaíno Estevan
Arqueólogo

Este artículo forma parte del Boletín nº. 101 - Ecos de nuestra Jornada en Morella