Clarissa Pinkola Estés, autora del libro “Mujeres que corren con lobos” afirma que los cuentos son una medicina. Yo comparto esta opinión porque he experimentado el poder de sanación de los cuentos desde que era una niña. La gran capacidad que poseen  para inspirar y guiar, particularmente, en épocas de tránsito, de crisis o de transformación personal. Los cuentos nos aportan una sabiduría acumulada a través de los siglos, la sabiduría de nuestros ancestros y de nuestras antepasadas, y también de todas aquellas personas, que ya han pasado por esa misma encrucijada vital, en la que a veces nos encontramos. Las historias nos dan acceso a  las diversas tentativas de resolución que, ante una problemática concreta, ha ido experimentando la humanidad, a lo largo de los siglos. A veces, porque quienes narramos aún no hemos escuchado o leído lo bastante; por las censuras sociales, culturales o políticas; por el momento histórico cuando fue transcrita, o por la herida sin sanar de quien la transcribía, no siempre conocemos la versión más sanadora de una historia, pero el imaginario colectivo ha intentado, en cada época, las reparaciones que era capaz de concebir, con hallazgos que son verdaderos tesoros y que constituyen parte del patrimonio intangible de la humanidad.

Esta sabiduría de los cuentos, como la de los sueños, se revela a través del lenguaje metafórico, capaz de sortear el cerebro analítico con un nivel de pensamiento altamente estructurado, que es, a menudo, el responsable de gran parte de nuestros sufrimientos. Jeffrey Zeig psicológo y terapeuta, considera que la utilización del lenguaje metafórico permite llegar a la psique de las personas de otra forma, porque al utilizar símbolos y metáforas, las historias no parecen implicar una amenaza para nuestro sistema de creencias y pueden eludir nuestra natural resistencia al cambio; las metáforas captan el interés de quien escucha, porque inducen a la creación de imágenes sensoriales y en consecuencia, afectan a nuestras emociones. Las metáforas promueven la maduración y autonomía de quien las lee o las escucha, ya que es a quien le compete conferirle un sentido propio, único, a lo escuchado o leído. De hecho, el poder de la metáfora no lo determina quien narra, sino quien escucha y depende de lo que su mente inconsciente va a resonar con los múltiples significados, que como en toda obra de arte, podemos encontrar en un cuento. Las metáforas y el humor apelan a nuestra intuición y no a la lógica deductiva y además nos quitan rigidez, entrenándonos en flexibilidad y en empatía. Es a través de la metáfora que podemos descubrir y operar sobre las heridas del pasado, personales y colectivas, que se nos han quedado sin cerrar.

El lenguaje metafórico además, nos permite salir de un funcionamiento mental dicotómico, donde todo es o blanco o negro. O bueno o malo. O valiente o cobarde… La metáfora permite integrar los opuestos, las polaridades. En la vida cotidiana discutimos, a veces, si es de día o de noche. Cuando en el planeta, visto desde el espacio, es de día y de noche al mismo tiempo. Basta con mirarlo desde otro lugar. La metáfora amplia nuestra perspectiva, permitiéndonos otras comprensiones sobre el mundo. Por eso, entre otras cosas, los cuentos son tan sanadores, porque integran e incluyen. Y esto es lo que nos permite gestionar los conflictos.

Todo cuento poderoso es la expresión de un conflicto humano. Tendemos a pensar que los conflictos son entre personas o entre pueblos, pero la verdadera naturaleza del conflicto es interna. Es la vivencia de un desgarro interior. Sentir como si algo tirara dentro en direcciones opuestas.  Estas peleas internas podrían clasificarse en cuatro grandes tipos:

1) Quiero y no quiero. Como cuando queremos mucho a alguien y al mismo tiempo, a veces, no lo soportamos, cuando fuma dentro de la casa. O en ejemplos del estilo quiero ir a trabajar, pero también, a veces y al mismo tiempo, no quiero ir a trabajar.

2) Quiero y no puedo. Sobre la frustración que provoca que el mundo no esté a mi servicio. La realidad es tozuda, y se empeña en ser como es, pese a mis deseos y necesidades. Esto incluye particularmente al resto de la gente, que son parte de la realidad y además “libres” de moverse por sus propios deseos y necesidades, y no por los míos. Siguiendo el ejemplo anterior, lo que puede afectar a la gente en paro: quiero trabajar, pero no puedo.

3) Puedo y no puedo. Puedo muchas cosas, es cierto. A menudo, puedo  incluso mucho más de lo que imagino poder. Pero no lo puedo todo y no lo puedo siempre. Este conflicto hace referencia a nuestros límites. Como por ejemplo, puedo trabajar un día 18 horas seguidas, pero no puedo hacerlo todos los días.

4) Puedo y no quiero. Probablemente la pelea interna más difícil de confesar. La más antisocial. Representa la pugna entre los propios deseos y necesidades, y el miedo al juicio ajeno. Puedo realizar un trabajo como favor o como servicio, pero no quiero.

Como estos desgarrones internos a veces se hacen tan insoportables, tendemos a proyectar una de las posiciones enfrentadas que llevamos dentro, sobre una persona o sobre un grupo humano, para pelearnos con ella. Mejor fuera que dentro. Pero el origen de la pelea es propio. Los cuentos tradicionales hacen esto mismo: escenifican el conflicto. Sólo esto ya debería ayudarnos a tomar distancia y a caer en la cuenta.Si además el conflicto se disuelve al final de la historia, tendríamos a mi manera de ver, un cuento profundamente sanador.

A diferencia de los problemas, que por definición, tienen solución, los conflictos no se resuelven, se disuelven. Para que cese el desgarro interno, es importante hacer la paz por dentro, eso quiere decir que, al menos  una de las fuerzas que tiran dentro de mí,  ha de dejar de hacerlo, ha de rendirse o abandonar la pelea.

Desde la sociología, la psicología y la antropología se ha estudiado mucho la naturaleza de los conflictos entre individuos y entre colectivos, y se han apuntado estrategias para gestionarlos. Se ha investigado cómo proceder en procesos en busca de la paz o la reconciliación y se ha experimentado la implementación de los programas conocidos como “verdad, justicia y reparación”, que yo entiendo que son una buena pista para buscar finales de cuento sanadores.

Es crucial la confrontación de las partes en conflicto. En los cuentos también. Cuentos muy poderosos, hacen aguas al final, porque eluden mostrar la confrontación. Es improbable que los procesos de paz tengan éxito, si no se reconoce el sufrimiento de las víctimas que ha habido, en ambos bandos del conflicto, y si no se determinan las responsabilidades de cada quien en lo sucedido. En los cuentos sanadores este tema está muy presente. El cuento va a desvelar la verdad, guarda memoria de los horrores que se han cometido, desenmascara imposturas, hipocresías y traiciones. Reconoce lo que fue para poderlo dejar en el pasado y (re)orientarse hacia el presente, hacia lo que es.

La idea de justicia es también fundamental. Nuestros actos tienen consecuencias. Somos responsables de lo que hacemos y de lo que decimos. No debería haber delito o maldad que quedase impune, aunque al imaginario colectivo, lo mismo que al sistema penal de los diferentes países, les cueste dirimir en numerosas ocasiones, cuál sería la pena más justa para según y qué delito. Desde la ley del Talión, del ojo por ojo y diente por diente, donde la práctica de la justicia se parece mucho a la venganza, el imaginario colectivo y los sistemas penales han ido evolucionando siguiendo caminos muy diferentes, aunque en la actualidad, la administración de justicia, siga siendo un tema tan complejo como polémico.

Y luego está la reparación. Asumir y depurar las responsabilidades, implica intentar corregir las consecuencias que nuestros actos pudieran haber ocasionado. Así lo que está roto ha de ser reparado. Lo que fue robado ha de ser devuelto, restituido. Lo que fue envenenado ha de ser desintoxicado. Donde hubo difamación o calumnia ha de haber una declaración pública y una demanda de perdón. Donde hubo un comportamiento corrupto ha de haber, cuando menos, una inhabilitación para permanecer en el puesto donde el delito se llevó a cabo, etc… Hoy por hoy, tanto en los cuentos como en la vida real, lo que sigue costando reparar, son los delitos de sangre. ¿Qué hacemos cuando alguien arrebata la vida a otra persona? ¿Y con la tortura? ¿Cómo se reparan las violaciones? Y en esas estamos. Los cuentos tradicionales, en este sentido, no se andan con medias tintas, desdeñan lo políticamente correcto y aplican en lo simbólico, las sanciones que anhela nuestro corazón. La crueldad del castigo está relacionada con la crueldad del delito cometido. Muchas de estas reparaciones no serían aceptadas, afortunadamente, por los tribunales de justicia, pero es sanador que puedan ocurrir en el imaginario. Nos tranquiliza saber que existe la justicia. Nos da esperanza, al menos a mí, saber que las buenas acciones reciben su recompensa y las malas su castigo.

Dentro de la reparación, están como comentábamos las recompensas. Los premios, según mi análisis pueden ser de tres tipos, en función de la naturaleza de la crisis que ha activado el viaje. La recompensa más extendida, es la prosperidad: el hallazgo de un tesoro, de un cofre de monedas de oro, de una mesa mágica que siempre tiene comida sobre la mesa… Este premio vela por la supervivencia individual, y está relacionado con situaciones de crisis donde las necesidades básicas no están cubiertas: el hambre, la sed, el frío, un techo para cobijarse… La segunda categoría de recompensas es la fecundidad: el encuentro del amor, de la pareja y la promesa de la reproducción, que velará por la supervivencia de la comunidad. Cuando la crisis tiene que ver con la búsqueda del amor o la elección entre pretendientes, el premio es la boda y la fertilidad, con las criaturas que nacerán de esa unión. En la mayoría de los cuentos maravillosos, la culminación del viaje está representada con la boda del héroe o la heroína, con un princesa o un príncipe. Lo que constituye un doble premio, el de la prosperidad y el de la fecundidad, y donde la boda, tan denostada a veces como final inexorable de los cuentos, alude simbólicamente, a la integración de los opuestos, de lo femenino y de lo masculino. Se trata de hacer la paz dentro de mis células, ya que, por mandato genético, la mitad exactamente son de papá y la otra mitad de mamá. Este proceso de maduración personal es uno de los grandes viajes épicos de la apasionante tarea de ser gente. La tercera categoría de premios y la menos habitual es la revelación. Se corresponde con situaciones de crisis, donde las necesidades básicas ya están cubiertas y la supervivencia individual y de la especie están garantizadas. El malestar tiene otro origen. Es ese desasosiego existencial, cuando “lo tenemos todo” y tiene que ver con la misión de vida que nos está destinada. Esta recompensa permite asomarse y quizás intuir los grandes misterios, y nos conecta en última instancia, con la supervivencia del alma. Su objetivo es recordarnos que todas las personas tenemos un lugar en el mundo y que en realidad somos uno y lo mismo. Los conflictos y las guerras tienen su origen en el espejismo de creernos que no formamos parte de una totalidad.

En un cuento, cada uno de los personajes de la historia representa un aspecto de nuestra psique. En el cuento de la Caperucita Roja, por ejemplo, tanto cuando lo cuento como cuando lo escucho, yo soy la Caperucita, y la mamá y la abuelita. Y también el lobo feroz y el leñador y el padre ausente y las flores del camino y el tarrito de miel… Todos los personajes  que aparecen en una historia nos habitan. Algunos expresan nuestra sombra y nos atemorizan, otros desatan nuestra rabia. Cuando no somos capaces de integrar en nuestro interior todos y cada uno de los personajes de un relato, los juzgamos y excluimos, dejamos fuera, entre las personas que nos están escuchando, a aquellas que en ese momento se estén identificando con esos arquetipos proscritos. Entonces, sentimos que hemos perdido la conexión con el auditorio, que el cuento se nos resiste, que no funciona tanto o que no funciona en absoluto. Narrar profesionalmente, es una ocasión privilegiada para cultivar el desapego y la ausencia de juicio. El cuento que nos sana, funciona sobre estos principios: incluir y reparar.

En los cuentos que cuento, intento ser consciente de si estoy ofreciendo o no, un final reparador. De entrada, y más con los seres en construcción, es importante que el viaje iniciático que ofrece el cuento, sea un viaje con regreso. Hay quienes creen, particularmente con los cuentos tradicionales, que hay que “respetarlos” tal y como son, tal y como están, con los finales que nos han llegado, como si hubiera sólo una versión de los cuentos poderosos y no cientos, como si no nos lo jugáramos en los finales o como si no tuviéramos una responsabilidad con las siguientes generaciones y no debiéramos intentar las reparaciones que la humanidad sigue teniendo pendientes en el imaginario colectivo. La gente que narramos en la actualidad estamos creando la tradición del futuro y como los narradores y las cuenteras que nos precedieron tenemos la obligación de revisar, especialmente los finales de los cuentos, del legado que nos ha llegado.

No se trata de cambiar cualquier cosa porque sí y entrar en un cuento lleno de tesoros que quizás desconocemos, como un elefante en el taller de un alfarero. Se trata de probar y de testar otras restituciones, primero en nuestra propia psique y después en la respuesta del auditorio. Con humildad pero con coraje. Intentarlo al menos. Tampoco se trata de proteger a quien escucha de los conflictos o de viajes iniciáticos de dureza y crueldad extraordinarias. Todo lo contrario. Hay que entrarle a lo que nos desgarra pero ofreciendo un final reparador. Cuando el héroe o la heroína mueren sin poder regresar con lo aprendido, con aquello que restablecería el equilibrio o la paz, lo que estamos transmitiendo a quien escucha, es la desesperanza y la creencia limitante de que en la vida no hay segundas oportunidades. Hay finales truncados en versiones de cuentos tradicionales que son  ejemplos de verdadero terrorismo emocional. Ofrezcamos viajes con regreso.

Cuando hablo de finales reparadores no incluyo a aquellos cuentos que no siguen el esquema del viaje. Que los hay. Existen, por ejemplo, los denominados cuentos de fórmula, que tienen su manera particular de concluir un relato o de no hacerlo. O los cuentos circulares, que acaban igual que como han comenzado, en una especie de bucle literario, porque el espíritu profundo de estos cuentos es mostrar el equilibrio de un ecosistema, donde lo que un personaje hace afecta a toda la comunidad y este flujo de interrelaciones no necesariamente precisa de un desenlace. También existen los finales abiertos, donde se consulta a quien escucha sobre cómo debiera terminar una historia, y  quien narra no cierra el relato, sino que arbitra en la exposición de diferentes finales posibles por parte de la comunidad. También existen los cuentos poema o relatos parábola donde prácticamente todo el viaje se ha elidido y todo está al servicio de un estremecimiento estético, de un efecto humorístico o de un despertar.

Pero los cuentos que siguen el esquema de la metáfora de un viaje, precisan de un desenlace. Y no es lo mismo acabar un cuento que ofrecer un final.  Mientras que no le encontramos un final y mientras que este final no es reparador, yo al menos, vivo cierta sensación interna de no realización. Y padezco la condena de ir acabando el cuento, poniéndole un punto y final, y añadiendo alguna fórmula ritualizada, como el conocido “y colorín colorado este cuento se ha acabado”, que es la manera que el imaginario colectivo ha encontrado, para ir contando lo que nos preocupa, aunque aún no sepamos como resolverlo. Estas fórmulas ritualizadas tienen como función traer al público de regreso a lo cotidiano del lugar al que les hemos llevado de viaje en lo simbólico. Y también, claro, de avisarle que hemos acabado la narración, y que, por el momento, no sabemos finalizarla de otra manera. Y es que encontrar un final reparador para una misma puede llevarnos años y de repente un día, ocurre. A menudo contando. Y el alivio es tan rotundo que nos deslumbra. Hasta entonces, y en el mejor de los casos, seguimos contando el cuento, seguimos buscando. Y en nuestra búsqueda creativa vamos dando palos de ciego y sorteando todo tipo de trampas. Como reemplazar con una moraleja un final reparador, o sacrificarlo por un chiste. O dar gato por liebre, esto es, provocación por reparación, que sólo muestra más claramente la profundidad de nuestra herida. O dejarnos seducir por un golpe de efecto trágico o melodramático. Porque si conseguimos emocionar al público, la catarsis debe estar a un paso. Incluso  podemos llegar a cerrar con un “happy end” tan vilipendiado y minusvalorado, más que nada por previsible, especialmente en los relatos para público adulto, como si las personas adultas no necesitáramos de la esperanza, de la conciliación o la reparación en cualquier etapa vital. Yo adoro y defiendo los finales “y fueron felices para siempre”. Mi único reparo, es que no creo que un final feliz, sea siempre además, un final sanador o reparador. De hecho, esta es precisamente  una de las trampas: un “happy end” puede ser una manera de no completar la reparación. Además, un final sanador no necesariamente nos hace felices. Su objetivo no es proporcionar la felicidad sino traer la paz, disolver la pelea interna. Un cuento donde la crisis es por ejemplo, un problema de celos entre hermanos, donde uno quiere matar al otro, malamente se va a reparar encontrando un tesoro o acabándolo en boda. Un cuento que no repara la situación que ha motivado la crisis, perpetúa el conflicto y la violencia, y pide a gritos otra versión.

Como narradora oral yo ya me he rendido hace rato, y he aceptado mi responsabilidad para rescatar, actualizar o inventar finales reparadores, a los cuentos que cuento. A veces duele hurgar en la herida, pero el coraje y la toma de conciencia siempre tienen premio. Más allá de las trampas del ego o de la búsqueda del aplauso, el reconocimiento o una remuneración digna por nuestro trabajo, contar cuentos es ante todo para mí, un camino de realización personal y consecuentemente, de sanación. Una forma de mirarme y de mirar lo que me rodea, al servicio de la vida y de la conciliación. Una manera de estar en el mundo, a la  que no sabría renunciar.  

 

Virginia Imaz Quijera


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