Euskera

Ayer, una vez más, acudí a narrar cuentos y vi que mi nombre no aparecía en ningún cartel:

"viernes a las 18:00 y a las 20:00 CUENTACUENTOS".

"¿¿Seré yo??" me pregunté. Comprobé mi agenda y vi que sí, que debía ser yo. El escenario estaba preparado, el técnico de sonido también, los niños se fueron arremolinando, con ganas de disfrutar. El encargado se hizo esperar y, durante las dos sesiones, se le echó en falta para hacerse cargo de los pequeños que se se acercaban y llegaban a subirse a los pies de los bafles, al escenario...

Sin embargo, a pesar de estos pequeños grandes detalles, todo fluyó muy bien, principalmente porque todos los asistentes deseábamos que así fuera (asistentes pequeños, grandes, técnico de sonido, yo misma...); y es que no deja de llamarme la atención la sed de actividades culturales (léase teatro, talleres creativos, títeres o sesiones de cuentos) que se da entre el publico, principalmente infantil (y de padres y madres deseosos de cultivar y entretener a su retoños). 

El 2 de noviembre de 2007, el día del estreno de Las mujeres y el mar, el penúltimo espectáculo de La Carátula, salí con una extraña inquietud del teatro; era una especie de irritación contra mí mismo porque algo me decía que mi padre, tan seguro como estaba siempre de lo que hacía, no se podía haber equivocado de ninguna de las maneras. Ese día y los siguientes le di vueltas a la cabeza para encontrar la respuesta a por qué me había sentido incómodo viendo la obra, a pesar de las soberbias actuaciones de Dahd Sfeir, Cristina Maciá y el resto de las estupendas actrices. La madeja la desenredé el día de la segunda actuación, en el Teatro Wagner de Aspe, cuando miré con autocrítica dentro de mí y cambié radicalmente mi actitud; a partir de ahí logré disfrutar de la obra como se merecía, con ojos desprejuiciados, generosos, frescos. Al terminar, le di el abrazo a mi padre que le había racaneado el día del estreno. Pero, sobre todo, comprendí la envergadura del trabajo de mi padre, alguien que se ha dedicado toda la vida, distintivamente, a no acomodarse ni repetirse, a dinamitar tópicos y a ignorar el lugar cómodo y común.

Las mujeres era un largo poema, a medio camino entre “la oración y la arenga”, recitado por un grupo de mujeres de pescadores, con una densidad lingüística apabullante y una belleza semántica increíble, que a un espectador como yo, viciado por la narrativa que nos imponen Hollywood y la televisión, podía resultarle poco asumible. Cambiada mi actitud, escuchar la declamación era como admirar un cuadro impresionista en el escenario pero también contemplar su goteo de imágenes a través de las palabras escritas por Yannis Ritsos, un poeta y dramaturgo griego contemporáneo que debe de ser tan arriesgado y poco convencional como mi padre, gente que en lo creativo huye de lo comercial como de la peste. “Lo importante es el texto”, decía siempre mi padre.

DIBÚJAME QUE TE CUENTO es el título de la sesión de narración que, junto a Ángela Cabrera, he llevado a cabo en la última edición del festival Un Madrid de Cuento. Se trata de una sesión narrada a dos voces pero en este caso, no solo las voces son diferentes sino también sus lenguajes: la palabra y la imagen. Ambos se van complementando y completando ante los ojos y los oídos del público.

¿Qué es más poderosa, la palabra o la imagen?

No me planteé esta pregunta cuando decidí narrar junto a pinceles, rotuladores, trozos de papel y barras de pegamento.

La palabra es esencial pero basta con escucharla, no es necesario ver al narrador. En este caso, la imagen también es esencial y basta con verla, no es necesario ver al ilustrador. El público llega a prescindir, en muchos momentos, de ambas personas, no le son necesarias, son meras portadoras de cuento, de esa historia que cada una de ellas cuenta con el lenguaje con el que sabe contar las cosas.

En noviembre de 2000 nos vimos con Ana Pelegrín en un café de Madrid como si fuéramos dos amigas que se reúnen para conversar de sus cosas, sólo que no era lo que parecía. Yo venía de Buenos Aires a pasear por España, con mi marido, y mi encuentro con Ana tenía como objetivo entregarle el Segundo libro del Encuentro Internacional de Narración Oral de Buenos Aires, donde se había editado su conferencia de apertura de uno de los encuentros. Ana apenas sabía de mí pero a ella la precedía el reconocimiento que le tenemos los narradores y especialistas de literatura infantil y juvenil. Esa charla se convirtió en una clase: ella era una maestra y yo una alumna que tiene el privilegio soñado de ser depositaria única de los comentarios del maestro.

Cuando recién yo comenzaba a trabajar con niños en 1984, y todavía no sabía de mi deseo de contar cuentos, sus libros La aventura de oír primero, y luego Cada cual atienda su juego, me llevaron a mi infancia, al placer de jugar y escuchar, y al lugar importante de la memoria, no la de repetir como loro, que así nos enseñaban en el colegio, no, la otra, la que está encerrada a veces, o escondida adentro nuestro. Después de leer estos libros, la conocí una tarde en Buenos Aires en la presentación de La aventura de oír y su aparición me pareció mágica, cómo una mujer de apariencia frágil podía encerrar tanta fortaleza. Con los años, ya como narradora oral, leí La Flor de la Maravilla, esta vez con la convicción de estar frente a algo glorioso. Me emociona mucho cada vez que lo leo y aún más leer su prólogo.

A menudo escuchamos que nuestro oficio de narradores/as orales tiene un significado social que supera la belleza estética del acto mismo de contar.  Lo podemos corroborar en el diálogo directo con el público, otros narradores/as, u otras profesiones, que encuentran en el cuento una herramienta útil y eficaz, como ejemplo para la solución de los problemas, o la sensibilización en determinados valores. Efectivamente es y fue así históricamente, ya que la oralidad y la narración oral tienen un fuerte vínculo con la vida cotidiana en el colectivo, con el contexto económico y político, con la comunicación, con la construcción de un tejido social, con la memoria y con la creación, entre muchos otros. En esta relación reside la monumental responsabilidad de quienes nos dedicamos a contar cuentos y las posibilidades de transformación social que se pueden alcanzar. Reconocerlo y asumirlo en pro de la vigencia de los derechos y la dignidad humana se constituye en compromiso para con el mundo en que vivimos, el público en general y las personas o colectivos en riesgo o situación de exclusión social; para quienes la narración oral puede representar un recurso o herramienta de empoderamiento.  Esto demanda una actitud y práctica artística-social de tomar parte activa en el proceso de cambio.

Desde esta actitud y compromiso, variopintas son las posibilidades del cuento para ser una herramienta de intervención social. La primera de ellas es el empoderamiento de la narración oral, entendido como la capacidad y posibilidad práctica de todas y todos, para contar cuentos que contribuyan en sus espacios (centros educativos, barrios, comunidades, asociaciones) a la consecución de los bienes materiales y/o espirituales necesarios para su desarrollo digno. Para ello se pueden aprovechar las fuentes narrativas (tradiciones orales, literatura, la vida misma y la creación propia) que permiten una funcionalización variada del cuento, históricamente creado y utilizado por los pueblos para comunicar, divertirse, trasmitir ideas y experiencias, formarse, persuadir, reivindicar, conocer y explicarse el mundo que le rodea, recordar, etc.

Aún andan por la casa y por el coche folletos, chapas, carteles y alguna que otra evidencia física de que Atlántica acaba de terminar. Sin embargo, al dormir, aún se aparecen en mis sueños miles de imágenes y de sonidos que me hacen sentir que Atlántica sigue aquí.

Atlántica no ha sido un sueño. Durante 10 días Santiago de Compostela y Oleiros han vivido más de cincuenta actividades para bebés, niños, jóvenes y adultos. Podría quedarme solo en el análisis, necesario, de números, aciertos y fallos, pero, aún con la piel salada de cuentos oceánicos, quiero compartir otras sensaciones.

Son tiempos en que nos quieren convencer de que no se puede hacer, en que no debemos en que no y no y no, porque sí. En Atlántica decidimos hacer como los marineros, echarnos al mar para faenar duro, para navegar pese a los malos augurios. Imitando su hacer, vimos que no había mejor arte que la de las redes. Ni mejor cobijo que los puertos pequeños de aguas conocidas, con faros capaces de iluminar aun en medio de la niebla más espesa. 

Cuando un cuento sale de los labios de un contador flota, vuela, recorre el aire, los sueños y se posa en los corazones de los demás de muchas formas, con muchas formas, con muchas imágenes. Pero cuando un cuento sale del lápiz de un ilustrador se queda en el papel, atrapado como una mariposilla de colección con un alfiler. Y las imágenes y los sueños casi siempre coinciden y se funden en unas líneas que ni él mismo autor es capaz de adivinar.

Y así fue mi experiencia con Moni Pérez, una joven e impresionante ilustradora con la que, durante cuatro sesiones, compartimos palabras y formas, colores y emociones. Las palabras salían de mis labios y se fijaban en sus rotuladores tomando un cuerpo que se grababa en las retinas del público con una fuerza que nunca antes había conocido.

Mi ogro era el ogro que Moni dibujaba.

Mi elefante era el suyo.

Mis palabras, mis cuentos estaban atrapados en el papel con su imaginación.

Y quedaban para siempre.

Bonita experiencia.

Rafael Ordóñez
escritor, poeta, dramaturgo y narrador oral